Identidad, esa escurridiza palabra

A veces se dan las circunstancias para que pueda ir a un café americano, abrir la computadora sin prisas ni urgencias. Con el dulce calor de mi latte en una mano, la otra mano puede llevarme sin prisas a aquellas buenas lecturas y reflexiones que con demasiada frecuencia me eluden más por falta de serenidad que de tiempo.

Ha querido la ventura llevarme a un sensato artículo de Brenda Hernández en Contratiempo de título elocuente: “Sin nopal en la frente, por favor“. A través del estatus bastardo del taco de salchicha la autora ataca la noción de autenticidad. Según ella, la comunidad latina todavía no ha alcanzado la madurez de desprenderse de su carga de representación. Así con respecto a curadores y educadores, indica: “El arte mexicano no se limita al arte popular o a la estética del Día de Muertos, pero parece que eso es todo lo que se enseña a los jóvenes y es lo que hemos llegado a esperar e idealizar sobre nuestra cultura.” Pesada cruz, sin duda, el tener que representar toda una cultura en cada línea, en cada pincelada. Una reivindicación a todas luces vigente, aunque abundan los ejemplos de denuncia es esa misma línea. Juan Villoro, por ejemplo, en su novela de finales de los noventas Materia dispuesta crea una compañía de teatro mexicana que obliga a sus actores a broncearse en un solarium para cumplir las expectativas de público y programadores en una gira europea.

Nopales for lunch

De todos modos, no hace falta recurrir a la ficción para hallar hartos ejemplos de la grosera brusquedad de ciertos –llamémosle– actores sociales.  La industria del marketing y la publicidad, especializada precisamente en la alquimia de elaborar un mensaje para cada público es culpable de innumerables atrocidades que la periodista Laura Martínez no cesa de inventariar en su inefable blog Mi casa es su casa. Aunque la verdad, lo más apetecible del blog sale de sus mordaces comentarios, como por ejemplo el que dedicó a la visita de Romney a Univision: “The funniest thing to this blogger is how -with or without a tan- Mr. Romney would have been the darkest of the three people onstage“.

Siguiendo la senda del comentario de Brenda Hernández, el azar de consultar mi cuenta de twitter en el momento justo me llevó a un comentario de Gerardo Cárdenas sobre la antología América Nuestra, en el que reivindica el valor de la literatura creada en español en los Estados Unidos a causa, entre otras cosas, de su inherente facultad de trascender fronteras, orígenes y generaciones. La transgresión como rasgo distintivo.

Con el latte ya tibio, me reconozco en esas preocupaciones, pero concluyo que son exteriores a la obra. Afectan, entre otras cosas, al prestigio académico y periodístico que alcancen, a su difusión o a la cuenta corriente del autor. Pero en último caso no afecta a la calidad de la obra. Respetar en mayor o menor grado una tradición, un género o un autor no tiene una equivalencia directa con la calidad de la obra. Haber escrito estas reflexiones en verso rimado, no las hubiera convertido en poesía. Tampoco hubiera mejorado cuanta pertinencia y acierto hubieran tenido. De todos modos, comprendo la preocupación, porque cuando uno se encuentra con una obra que le emociona, conmueve o sorprende espera que el resto de la humanidad tenga la misma reacción. Y es una decepción imborrable que así sea. Daré un ejemplo personal. El relato de Junot Díaz Fiesta, 1980 me parece un prodigio en cuanto a creación de una voz personal y caracterización de las complejas relaciones familiares desde la perspectiva de un chamaquito dominicano. A un nivel similar, pongo Esto no es un juego, zurdito, un abigarrado relato ubicado en Chicago con un escenario del fútbol aficionado en el que entran la avaricia y las relaciones de poder. Ambas obras contienen un humor de pegada fuerte y una estructura cuya complejidad no evita una lectura amena. En las dos existe un discurso sobre la identidad, y entre los factores que las hacen valiosas figura precisamente que ese discurso explora terrenos nuevos, con formas narrativas originales. Pese a eso, un autor ha publicado en The New Yorker y el otro lo suele hacer en la revista gratuita Contratiempo.  No puede esto obedecer únicamente a una cuestión de calidad literaria. Dependerá de qué o cuánta identidad contengan sus obras? Supongo que a fin de cuentas, lo importante es que cada uno cree sus propios cánones, en el arte y en la vida.

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¿Me pone un Pau Gasol? Poco cargado, por favor

Márk Sánchez

¿Andrés Mercado o Mark Sánchez? Tal vez Sergio Bonilla. El banco de semen Cryobank ayuda a sus posibles clientes a seleccionar su donante en función de un hipotético parecido a un personaje famoso. Los más exigentes, eso sí, pueden utilizar otros  parámetros de búsqueda igualmente relevantes: el color de cabello u ojos, tipo sanguíneo, nivel de estudios, la religión.

Estos establecimientos reproductivos han pasado de una discreta semiclandestinidad al despreocupado exhibicionismo. Un proceso similar al que han experimentado las perreras en este país. Hay que asumir y aceptar que, al igual que existe quien prefiere los toy terriers a los Chihuahuas, abundarán las personas a las que en el momento de elegir el padre genético de su descendencia les importa que se parezca más a Tim Tebow que a Tom Brady. La extensa lista de famosos, con todo, también deja espacio para la confusión. Para empezar, no se comprende la etiqueta “joven” que acompaña a varios especímenes. Cuando se lee, por ejemplo, Tom Hanks (young), debemos entender que el hipotético hijo se parecerá a Tom Hanks sólo mientras sea joven, o que durante toda su vida se parecerá al actor en el momento exacto en el que éste deleitaba con obras impagables como Despedida de soltero? Para continuar, desconcierta un tantito que cuando uno elige a Sean Penn, el espécimen también albergue también parecido con David Copperfield. ¿Se imaginan las reclamaciones? “Oiga, yo he pedido a Ryan Gosling y lo que me han dado es un Ricky Gervaise! No hay derecho.”

Mario Vargas Llosa

Además de la generosidad con la que atribuyen parecidos, también me alarman ciertos detalles sobre la confección de la lista. Clama al cielo la ausencia, no ya de políticos (eso se entiende), sino de escritores en concreto, y de intelectuales en general. Y eso raya con la injusticia. Acaso no tienen su mérito la apostura de un Paul Auster? No habrá nadie en este mundo retorcido cuya libido reaccione ante la prestancia de Vargas Llosa? Además, la lista denota un cortoplacismo aplastante. Con qué cara le explicará la madre a su hijo de diez años que su progenitor se parece a un tal Wilmer Valderrama? Pobres.

Aunque bien pensado, para qué preocuparse. En los Starbucks hay quien sabe decir sin perder el aliento: “Me pone un tall-chai-latte con dos shots de sugar-free vanilla syrup?” La presente, no parece más que una deriva lógica. Entre eso y poder decir: “póngame un Rafa Márquez rubio, con estudios superiores en ingeniería y de religión judía pero no practicante”, median escasas pulgadas. En estos tiempos de hiperdesarrollo tecnológico y crisis financiera selectiva está claro que cada vez hay menos imposibles. La distancia entre la insatisfacción y lo deseado nomás que se mide en dólares.

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Como Ninotchka ante el gorrito: Los posavasos

Más por su omnipresencia que por su mera existencia, el posavasos no ceja de causarme perplejidad. La reciente polémica generada en Nueva York a causa de la prohibición de las bebidas azucaradas y cafeinadas de más de 16 onzas (casi medio litro) ha reavivado mi extraña relación con este accesorio que encuentra cobijo en insospechados lugares y aparatos.

Pistola automática

Las arremetidas del culture shock son inescrutables. Con diez años me aficioné a Los Simpson aún sin entender (de a poco lo voy descubriendo) ni la mitad de los chistes. Me viene ahora al recuerdo el capítulo en el que Homer diseña un carro para la empresa de su hermano. Con plena simpleza, una de las ideas totem de Homer consiste en que su vehículo tenga posavasos (eso y un claxon con la música de La Cucaracha). Tardé tantito en comprenderle el chiste. Eso sí, lleva carga de profundidad. Ahora no se me va de la cabeza. Ahí están los vasos superlativos que te dan en las cadenas de comida rápida o los cines y que (no vaya a ser) se pueden rellenar a voluntad. O las permanentes hileras de coches en las ventanillas drive through de los Starbucks o Dunkin Donuts. O los carros de lujo importados con sus posavasos adaptado al gusto local. Como si el placer de manejar un BMW hubiera que sublimarlo con medio galón de Gatorade Cool Blue.

Pienso y no hallo qué fue primero, si el vaso de chupetar o su fiel soporte. Si se fijan, pocos aparatos hay sobre ruedas que se permitan el lujo de prescindir de ellos: carros, bicicletas, motos, andadores para ancianos. En todos hay un acomodo para un recipiente de un galón. A un vehículo tan esencialmente americano como el tractorcito de jardín, obviamente tampoco le podría faltar su cubo para posar a resguardo de vertidos  el vasazo de té frío, cerveza, Gatorade, Red Bull o Monster Drink y derivados.

¿Será que este soporte en su generosa diseminación ha dado alas a los fabricantes de bebidas? O ¿será, por el contrario, el creciente tamaño de los contendores de líquidos lo que ha propiciado que el fiel y versátil posavasos haya tenido que buscar acomodo entre tapicerías y listones metálicos?

En cualquier caso el fenómeno cruza todos los estratos sociales. Banqueros, obreros, estudiantes, agentes de seguros, amos de casa, babysitters, consultores independientes de productos cosméticos. Todos dependen del posavasos para no perder esos fluidos de los que depende su bienestar. Hasta tal punto que en cualquier momento del día, en cualquier lugar lo normal es tener a mano algo que sorver. Bien que desde el mundo de la mercadotecnia se han ocupado de dotar de glamour a esta compulsiva conducta. Ahí esta, por ejemplo, Nancy Botwin, modelo de soccer mom con vida trepidante.

Nancy Botwin

La cuasicompulsiva necesidad de hidratarse ha penetrado peligrosamente esferas insospechadas. Objetos sedentarios como colchones de aire, mesas de juego, incluso los sofás le han creado un espacio preferente a los vasos. Quedará algún lugar que quede a salvo de la marea? Tengo para mi, que el círculo se cerrará cuando todos los soportes de papel higiénico traigan un cómodo posavasos integrado. Con perdón.

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Como Ninotchka ante el gorrito: Los cuernos de reno

Con esta entrada se estrena una serie inspirada en el logradísimo momento de la película de Lubitsch en el que Ninotchka observa un gorro en la vitrina de un hotel de París y halla que ese objeto sintetiza la esencia superficial y decadente de la sociedad capitalista. Con mejor onda que la camarada soviética, en esta serie entrarán bienes inmateriales o reales que en un primer momento nos suscitaron una reacción pareja de perpelijdad y recelo.

Los cuernos de reno.

No llevaba más de cuatro meses en este país cuando vi a una empleada de la cafetería de mi chamba portando este curioso accesorio capital. “Fries? Green Beans?” me dijo con su cansina cadencia de cada día. Yo, que solía pedirme papas fritas, hipnotizado por los cuernitos, apenas alcancé a balbucir: “Green beans…, please?“.


Jamás se me hubiera ocurrido que alguien pudiera acudir de esa guisa a su puesto de trabajo. El trabajo es cosa seria, no carnaval. Qué caso tenían los cuernitos? Tanto más cuanto todos los que pasaban por delante de sus bandejas pedían sus papas o sus frijoles sin comentar los cuernitos de ungulado.

Para quienes carecemos de inclinación natural hacia disfraces y derivados encontrarse con adultos que portan diademas, gorros, bufandas y similares, produce una desconfianza instintiva. No hablo ya de restaurantes temáticos en los que los empleados visten de exploradores, o cazadores africanos, o charros, y para pedir te humillan obligándote a pedir platos con nombres como “ziggy burger, mad greek o huevos locos”. Una vez fui a una consulta médica con una recepcionista vestida de vampiresa. No di media vuelta porque había tardado meses en conseguir esa cita. Mi primera tarjeta de crédito me la tramitó un joven banquero que llevaba (con orgullo?) el jersey del equipo de fútbol americano de la ciudad por encima de su camisa y corbata. A esas alturas, ni me importó.

Con el paso de los años ha dejado de sorprenderme que ocasiones como el día de San Patricio, Thanksgiving, o el Cinco de Mayo sirvan a los jóvenes de espíritu para mostrar sus true colors y dar vía libre a sus impulsos. Los cuernitos de reno, en diadema, gorrita, o adorno para carros, siempre me han parecido un síntoma del gusto americano por lo pueril y lo peliculero. De todos modos, con el paso de los años, he aprendido no sólo a aceptar sino también a piropear a estos apóstoles de la informalidad, con lo que sin habérmelo propuesto, he descubierto el raro embrujo de los halagos, a los que este sector de la población resulta terriblemente susceptible.

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Arrecife en Contratiempo

La siempre excelente Contratiempo ha publicado en su número de junio (página 5) esta reseña sobre de Arrecife, la última novela de mi dilecto Juan Villoro. El mayor mérito de la obra reside en su particular y matizada atmósfera. El estilo mantiene las reconocibles constantes vitales de la prosa de Villoro, pero en esta ocasión prevalece una envolvente sensación de dulce e inevitable decadencia. De todas sus obras, ésta es tal vez la más propensa a convertirse en película; de preferencia a manos de directores de sensibilidades afines: tal vez John Sayles, Icíar Bollaín, o el Carlos Cuarón de Children of Men.

Arrecife se asoma a una civilización indiferente a la barbarie que genera.

Juan Villoro sitúa su última novela en una ficticia y desolada zona costera de Yucatán con aguas contaminadas y un único hotel en pie. Un territorio de vanguardia en el que imperan los narcos y la opulencia convive con la pobreza extrema dándose la espalda.

Apenas iniciada la novela, el protagonista, Tony Góngora, se define a sí mismo de esta forma:”yo, ex músico de rock, había renegado de la contracultura, esa pomposa manera de convertir la rebeldía en un sistema de quejas más o menos rentable.” Los seguidores de Villoro, no pueden tardar en reconocerle sus mejores características: el humor incontenible, la mesurada calidad lingüística, el interés por personajes de escasa iniciativa a los que todo les sucede.

La prosa de Villoro, ya sea en ensayo, reportaje, crónica o columna periodística, mantiene unas inconfundibles señas de identidad. Esto no impide, de todos modos, que se puedan observar en Arrecife nuevos territorios. Narrador avezado, Villoro construye un notable espacio novelesco: una Riviera Maya apocalíptica, en la que la contaminación y el cambio climático han acabado con todos los complejos turísticos excepto con un exclusivo hotel, La Pirámide, que oferta turismo extremo que atrae a huéspedes de todo el mundo. Su programa de entretenimiento cuenta demoledoras sesiones de fitness, simulacros de secuestros exprés y sacrificios humanos, excursiones submarinas nocturnas culminadas con un desayuno yucateco. Un lugar ficticio, pero creado con elementos de una cercanía desconcertante con la realidad.

Lo mejor del caso, es que Villoro crea ese espacio ficticio para ver evolucionar a sus personajes. Explorar los límites del individualismo, el significado de la amistad, el valor de la familia, la vigencia de las señales de identidad, la lucha por salir adelante. No le interesa la adivinación visionaria, por mucho que tal como él mismo recordaba en una charla electrónica con lectores, su novela El testigo hubiera anticipado la reivindicación de los mártires cristeros. Tampoco deriva por la sátira, aunque no falte el humor. Ni siquiera importan ya esos desgastados conceptos que son el bien y el mal. Muchos de los personajes manipulan a los desprotegidos, abusan de su poder, utilizan la intimidación o abrazan la corrupción, pero Villoro no pierde ni una línea en condenarlos. Eso queda en manos de los críticos marxistas, que encontrarán aquí material de sobra al que sacar jugo. Con todo, lo que importa en ese espacio es simplemente es existir, aunque para sentirse vivo haya que ponerse al borde de un precipicio, abrazar los psicotrópicos, desbaratar una empresa o asociarse con personas a las que desprecia.

Se trata de una apuesta valiente, porque ofrece muy poco consuelo al que agarrarse. Cualquier triunfo será transitorio, relativo y nunca del todo legítimo. Los personajes se saben a merced de una fuerza superior que tiende irremediable hacia la degradación última, su único consuelo es saberse a flote, aunque su precaria estancia en la superficie se base en que otros muchos estén hundidos.

Merece comentario propio la presencia de personajes norteamericanos. Ocupan diferentes niveles profesionales: un accionista, una profesora de yoga, un buzo. Dos de ellos en situación migratoria irregular. Aunque sólo sea por lo extraño, refresca entrar en contacto con estas realidades y matices. Sirven además como coartada para un notable ejercicio estilístico inédito en Villoro. El español de toda la novela, está trufado de anglicismos solapados. “Te hablo con el corazón en la manga”. “Es mejor tener un récord claro”. “Un macho alfa”. “Cuando la mierda toca el ventilador”. Con tal sutileza Villoro crea un lenguaje idiosincrático que pone en boca tanto de anglófonos como de mexicanos. Este aroma de pésima traducción obedece a un artificio. La habilidad narrativa del autor permite que se llegue a tomar como genuino. Un recurso meritorio que índice de flexibilidad de Villoro.

De todas las novelas de Juan Villoro, tal vez sea esta la que tiene una estructura y un lenguaje más diáfano. Los puristas del storytelling le podrían criticar por vez primera una dependencia abusiva en la exposición, la renuncia a cincelar el carácter de los personajes únicamente a través de escenas, diálogos y acciones. Su estructura, podrían decir además, debe demasiado a la de una novela negra. Con todo, cuando se describe el efecto de la adicción a las drogas de un músico profesional con oraciones como “no sabía si había tocado en Puerto Vallarta o contemplado una camiseta que decía Puerto Vallarta”, resulta complicado no caer rendido ante la abrumadora combinación de perspicacia, lucidez e hilaridad de Arrecife. Las más de doscientas páginas de esta obra se dejan leer con tal facilidad que se corre el peligro de marginarla a la categoría de entretenimiento. Para los lectores atentos, pasar por el hotel La Pirámide les dejará huella.

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Cuando el autobús deja de apetecer…

Con la tranquilizadora redada anunciada estos días, las autoridades parece que quieren poner coto a la práctica del viaje en autobús como deporte de riesgo. En los últimos tiempo varias compañías han hecho negocio con la modalidad low-cost de transporte de viajeros por carretera. Las pruebas parecen concluyentes: conductores sin permiso de conducción comercial, vehículos que no han pasado inspección alguna, falta de controles de alcoholemia, infringimiento de las normas de descanso. Ingredientes, sin duda, para una aventura de primera, como alguna que viví en tiempos más audaces.

Crucé una vez España y Francia en un autobús cargado de emigrantes españoles que iban rumbo a Suiza y Alemania. Uno de los dos conductores empezó con tal garbo que se la pasó desde Benavente hasta Burgos contando chistes para la parte delantera del autobús. Recuerdo las ciudades porque iba tomando nota de todo en una libretita. No me olvido del momento en que cruzamos unos Pirineos nevados viendo, como no, una de Cantinflas. Terminé el viaje convencido de que tenía material para ser el próximo Graham Green.

De todas las ciudades a las que viajo me gusta guardar los boletos. Algún amigo comparte conmigo esta afición e intercambiamos historias. Uno me contó que en la Isla Reunión los autobuses tenían asientos plegables en el pasillo. Pero lo que más le sorprendió no fue hacinamiento sino el sistema para pedir parada: dos palmadas. No una, ni tres. Dos. Ejecutadas además con una cadencia preestablecida. Lo de la cadencia, me explicó, lo supo porque en las paradas más concurridas era frecuente que las palmadas de dos pasajeros de diferentes partes del vehículo se solaparan en sincronización perfecta.

La primera vez que viajé a EE.UU. me impresionó ver que los autobuses urbanos tenían portabicicletas, y que nadie las robara en los semáforos en rojo. En Chicago, una vez, me confundí de línea y en vez de viajar al oeste, el autobús me llevó hacia el sur. Cuando me di cuenta ya estaba demasiado lejos para dar media vuelta, y pasé mis momentos de apuro. Eso me sucedió, claro, por falta de cultura: no había leído el genial relato Ladysmith de Gerardo Cárdenas, en el que a una joven pasa por algo parecido.

No viajé nunca en ningún “Chinatown bus”, ni creo que lo haga ya. Tal vez sea eso lo que más me entristece de la noticia. No que la garra del low cost haya llegado a los autobuses.  Lo peor es que al leer la noticia ni ganas he tenido de probar suerte en una de esas rutas. Ni aunque fuera a cambio de una buena historia.

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Basado en hechos reales.

En una lúcida columna Eduardo Mendoza situaba al cine en la esfera de la industria, con una relación si acaso tangencial con la del arte. La noticia que recogía el impagable sitio web Politico parece querer cargarlo de razón, al confirmar la sospechosa anuencia y colaboración  de la CIA con Mark Boal y Kathryn Bigelow para la creación de su próxima producción Zero Dark Thirty.

Tal vez confiados en el éxito que alcanzó En tierra hostil, con su sutil ensalzamiento de una unidad de desactivación de explosivos, a los mandamases de la CIA les pareció sensato conceder salvoconducto a espacios de acceso áltamente restringido. Todo por qué? Por el bien de las artes, se supone.

Las actas de la reunión que Politico ofrece son una lectura amena, y material muy valioso para guionistas afilados. Porque después de conocer el incidente, a mi ya no sólo me interesa Zero Dark Thirty, sino también una película (soñemos) dirigida por John Sayles, a poder ser con guión de Aaron Sorkin, o mejor, de David Mamet (soñar es gratis) sobre el recorrido menguante que lleva del campo de batalla al fotograma. Concedámosle a Mendoza la hipotética ausencia de valor artístico, pero reconzcámosle al cine, por lo menos, su inagotable capacidad de entretener.

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Fernando Trueba charla con Terry Gross

Chico & Rita

En su reciente aparición en NPR, nada menos que en el prestigioso espacio de entrevistas Fresh Air, Fernando Trueba mantiene una interesante conversación con Terry Gross. Trueba tiene la ocasión de transmitir, en un inglés bastante aseado, su pasión por el jazz y el cine. De los casi treinta minutos de conversación me quedo con la defensa de la animación para recrear épocas pasadas y personajes conocidos. Con gran elocuencia explica: “Anthony Hopkins was one of the greatest actors ever playing Picasso. I will never, one frame, one second of the movie, thought I’m watching Picasso.I’m watching the great Anthony Hopkins pretending to be Picasso. But when you do an animation and you draw Charlie Parker, it is Charlie Parker.

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En el espejo: Apple en España vista por una americana

File:Apple Store Munich.jpg

En la edición de Marketplace de ayer, la corresponsal en España, Lauren Frayer, se maravillaba de la expansión de Apple en España en un contexto de severa crisis económica.

La pieza tiene, como no, esa dulzona factura tan característica de la radio pública, que abre con sonido real, que entra otra vez en cada transiciós y con voice overs con espacio para la pista original al principio y el fin de cada intervención en otro idioma. Los que intervienen aquí no son una excepción: todos suenan estupendamente bien,  en especial el parado Óliver Romero, que tiene un inglés más que aseado para alguien obligado a hablar inglés a bocajarro.

No llegan a los dos minutos, así que no hay espacio para algo más que un pequeño flash, superficial por fuerza. Con todo, tiene su gracia la hipótesis con la que la economista quiere explicar el éxito de Apple en España:

  “Al pasear por España, se puede ver lo bien que viste la gente, y lo cuidados que están sus coches y lo buenos que son. No tienen ni un parachoques aboyado ni manchas en la carrocería. A los españoles les importa mucho su imagen. Y Apple encaja muy bien en eso. Sus productos son preciosos. No sólo son útiles, son preciosos.”

La corresponsal, lo llama síndrome del nuevo rico. Desde estas geografías invisibles, vemos en cambio la continuación de un personaje de largo linaje: la de los hombres de alta alcurnia. Como el escudero al que sirvió el Lazarillo de Tormes, del que el pobre mozo pensaba: “¿A quién no engañará aquella buena disposición y razonable capa y sayo?” Las capas y sayos de ayer, como los iphones del hoy, y los ipads del mañana. Está por ver, pero parece que una vez más estamos ante otra jugada maestra de Apple.

Fotografía: Wikimedia Commons

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Ahora todos se tienen que subir al float

Carroza de Univisión

Ya lo hicieron otros medios anglos, y ahora le toca a la noble NPR. En su programa matinal de ayer martes presentaron una pieza sobre las últimas tendencias en el mercado televisivo destinado a ese segmento de consumidores que recibe la escurridiza etiqueta de hispano/latino.

La pieza, titulada Media Outlets Adapt To Growing Hispanic Audience, trata de los diferentes movimientos de abordaje de los diferentes gigantes mediáticos. De todo, lo que me ha llamado la atención es la tendencia hacia la hibridación: telenovelas en español con subtítulos en inglés, contenidos en inglés e incluso en spanglish. También el reconocimiento de diferentes grados de aculturación. Ahora que las oleadas de inmigrantes parece que han empezado a amainar, el aparato mediático empieza a volverse por fin maleable. Seguiremos atentos a qué frutos reporta el nuevo panorama mediático, que por fuerza tendrá en cuenta a los hispanos.

Fotografía: Wikimedia Commons

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