Traductor, traidor. Mourinho otra vez malinterpretado.

¿En qué quedamos? ¿Pero no era traductor? Siempre me hizo gracia esa peripecia mil veces repetida según la cual José Mourinho empezó en el mundo del fútbol como traductor. Para los profesores de inglés tiene que venir de perlas para motivar a los alumnos. Su veracidad, con todo, siempre me pareció dudosa.

Cuando llegó a España de la mano de Robson, la prensa no le hizo mucho caso. A fin de cuentas sólo era un segundo entrenador. Dio signos, eso sí, de ser un tipo peculiar que fungió de intérprete de Robson en ocasiones. Cuando tuvo un incidente con Luis Fernández en Bilbao, gran parte de la prensa especializada celebró los comentarios del entrenador francés en los que decía no conocerle. Una maniobra dialéctica de la que el bisoño segundón tomó nota para utilizar años más tarde. En España pocos periodistas tomaron en serio a Bobby Robson y se consideró a Mourinho como uno más de esa cuadrilla de ineptos que desperdiciaron la mejor plantilla de la historia del club que contaba con jugadores como Ronaldo, Figo, Guardiola, Luis Enrique, Blanc o Nadal.

Cuando empezó a labrarse un nombre en el mundo del fútbol los periodistas, con la imaginación que los distingue, encontraron en esta “historia americana” una plataforma ideal. La idea central era la siguiente: Mourinho no tenía ni idea de fútbol cuando empezó a trabajar para Robson. Lo llamaron porque, no se sabe muy bien por qué, hablaba inglés. Después, él solito, se ganó el acceso a lo máximo que puede aspirar un entrenador: el banquillo del Real Madrid.

Un mito que el propio Mourinho ha desmontado -si bien accidentalmente- espero que para siempre. “No soy traductor” dijo en una rueda de prensa. El hombre tuvo que defenderse porque consideró que su intérprete había rebajado la carga dialéctica de su mensaje. Esas arrugas en la frente, esa mirada de acero delatan el enfado de un maestro en calibrar sus mensajes. Seamos justos con el intérprete. Reproducir (en otro idioma o en el mismo) la carga dialéctica del Mourinho de hoy en día es una tarea casi imposible. Estamos ante un experto en tirar la piedra y esconder la mano. Esa versión conciliadora de su mensaje le decepcionó, y no dudó en hacérselo saber al intérprete delante de todos los medios. Prefiero no entrar aquí en palabras tan manidas como el señorío, los valores, la imagen corporativa. El fútbol es un negocio y los profesionales sobresalen en lo suyo, no en hacer amigos, o en no lastimar la dignidad de un modesto traductor. Por si quedaba alguna duda, la cruda ausencia de cualquier resto de compasión gremial lo confirma: Mourinho nunca fue traductor.

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