Juan Villoro o cómo ver el mundo con ojos de narrador.

Soy admirador de Juan Villoro desde que por el azar de una tertulia literaria leí El disparo de argón. Creo que en aquella reunión fui el único entusiasta de la obra. Me pareció que tenía un ingenio abrumador y un humor de digestión lenta que se resistía a abandonar mi mente. También le vi un irresistible humor berlanguiano. Me extrañó que no tuviera más entusiastas. Pero a medida que lo he ido conociendo y he sabido de su afinidad con Vila-Matas y Javier Marías he preferido pensar que así está mejor. No le hace falta figurar al lado de Vargas Llosa en los estantes de Borders o Barnes and Noble.

No he leído todo lo suyo, pero todo lo que he leído me ha gustado. Entre ellos los libros de ensayos literarios Efectos personales y De eso se trata, que obran el prodigio de hacer un análisis prolijo sin caer en la pedantería ni en el puro aburrimiento. Recomiendo sin reservas los ensayos y crónicas futbolísticas de Dios es redondo, al que tal vez le va siendo hora de tener una nueva edición con puesta al día. En fin, cuando el verano pasado vi en los estantes de una librería 8.8:El miedo en el espejo, no me quedó otra que comprarlo. Lo leí de dos tirones en dos noches seguidas de mal dormir. Las noches de insomnio con Villoro se hacen más soportables, sin duda. Por otra parte, me pareció propicio leerle en medio de la noche, aturdido por otro tipo de fuerzas telúricas.

La excelente revista mensual Contratiempo publicó esta reseña mía sobre la obra. Se puede acceder a todo el contenido de la revista en este enlace (mi reseña aparece en la página siete).

Rehabilitación a base de literatura.

8.8: el miedo en el espejoJuan Villoro asistía a un congreso sobre literatura infantil en Santiago de Chile cuando la tierra tembló. Casi dos años después relata cómo vivió el terremoto y sus réplicas físicas y psicológicas en el libro “8.8 El miedo en el espejo”.

No era el primero: “Los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma, al menos los que sobrevivimos al terremoto de 1985 en el Distrito Federal”. Así abre Juan Villoro uno de los capítulos más sólidos de 8.8: El miedo en el espejo. Además de una mente lúcida y una cultura extensísima el escritor posee un bagaje nada desdeñable en lides sísmicas. Y pese a todo, empieza reconociendo que en medio del terremoto todo saber se vuelve inútil: “Reaccioné con la pasmada incertidumbre del que siempre será inculto ante la naturaleza”.

8.8 El miedo en el espejo se puede leer como el relato de un hombre que vio de cerca la muerte y precisa un salvoconducto para regresar a eso que llamamos vida normal. Un camino, por cierto, que no sigue una línea recta. En el intrincado discurso de Villoro, hacen faltas las referencias a su propia biografía, a anécdotas históricas y profesionales, a obras literarias (canónicas o no), a películas e incluso a mensajes de texto. Se trata de un texto de género híbrido que mezcla las convenciones del reportaje periodístico, el ensayo literario, la reflexión filosófica y unas gotitas de periodismo 2.0.

Tal vez sea él mismo quien proporciona en negativo la clave de su visión literaria. En los momentos de desasosiego después del seísmo, Villoro describe así la cobertura mediática de la catástrofe: “El discurso de los noticieros se caracterizaba por el tremendismo y la dispersión: desgracias aisladas sin articulación posible”. Un vacío que él es capaz de llenar con creces. Su dominio de los recursos narrativos le permite mezclar con naturalidad referencias dispares que consiguen dar una insospechada cohesión al discurso. Si bien no vale de nada ser capaz de citar a Neruda o a Verlaine mientras el mundo se te cae encima, probablemente sean buenos compañeros de viaje para regresar a lo cotidiano sin perder la cordura. De forma aparentemente orgánica encuentra en la literatura la forma de lidiar con la tragedia. En un momento dado relata que José Ángel Sánchez Ahedo perdió un zapato al salir hacia un espacio abierto. A continuación describe qué se le pasó por la cabeza: “Recordé que las primeras señas del naufragio que ve Robinson Crusoe son los objetos que flotan a su alrededor. Entre ellos hay dos zapatos que no hacen juego”. Con precisión de relojero, Villoro va fijando con fuerza cada uno de sus argumentos. Las referencias literarias no parecen el golpe final que los asegura, el germen que los hace aflorar y sostenerse por su propio pie.

No se trata, con todo, de un ejercicio puramente reflexivo. Villoro nos baja a la tierra con golpes de su afilado sentido del humor, anécdotas propias o ajenas, reales o ficticias, que no permiten la distracción. Ahí reside el mérito de su estilo. La disparidad de sus inspiraciones no dispersa, sino que aúna.

            Una tensión que se relaja brevemente en los episodios centrales en los que aborda desde una perspectiva más íntima el terror que causó el terremoto en quienes lo vivieron. Se puede intuir en estos pasajes un cierto ánimo de experimentación, de prueba de nuevos lenguajes narrativos. Un propósito cuyo resultado resultará dudoso a los acérrimos de su personalísimo estilo. En todo caso, se trata apenas de un interludio, puesto que en los dos últimos capítulos vuelve el estilo con el que Juan Villoro se ha labrado una sólida reputación internacional. En este caso, recupera el desconocido título El terremoto en Chile de Heinrich von Kleist para compartir claves con las que entender nuestra reacción ante una catástrofe natural.  Otra vez, Villoro opera el imposible de tender puentes allí donde nadie más vería donde sentar las bases.

De forma magistral el relato vuelve a tomar vuelo para llegar a un brillante capítulo de cierre en el que autor se aleja del hecho próximo en pos de una reflexión sobre el cambiante vínculo entre el ser humano y el planeta que habita. Se traen a colación otras catástrofes naturales como los terremotos de China y Haití y sobre todo la crisis aérea provocada por el volcán islandés en 2010 para examinar con su lupa particular la reacción del mundo desarrollado a este entorno defectuoso en su impredictibilidad. De este escrutinio no escapan las nuevas tecnologías y fenómenos como Facebook y Google Earth. Así llegamos a preguntas en las que el escritor se pregunta con extrema pericia reflexiva: “¿Cuál es la verdadera magnitud de lo que ocurre? En la era de la información carecemos de medida. Un desastre natural es el prólogo de otra historia, completamente incierta”.

            Por fortuna para aquellos a los que los libros de autoayuda no ofrecen respuestas satisfactorias existen mentes como la de Villoro. 8.8: El miedo en el espejo, con sus escasas 110 páginas, apuntala el prestigio de un autor que vuelve a demostrar una capacidad argumentativa apabullante.

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