Moneyball. Tres razones para considerarla una anti-historia americana.

Moneyball

Hay que reconocerle al guionista Aaron Sorkin el mérito de construir dramas shakespearianos en base a la vida de tipos cuyo trabajo conlleva pasar horas interminables delante de una computadora. No nos engañemos. Moneyball no es una película de deportes. Dudo que después de ver esta película, a alguien le apetezca convertirse en pelotero. Lo que de verdad entran ganas es de ser un chupatintas. En Moneyball, los deportistas son poco más que cromos que los directivos de los equipos profesionales intercambian reclinados en sus sillones. Todas las jugadas decisivas suceden en los despachos. Lograr que eso parezca meritorio e incluso emocionante no es poca cosa. Hay que ser un avezado contador de historias para sacarle tanto jugo a espacios tan yermos.

Una vez que queda claro que a la obra no le falta valía artística, hay que decir que para alguien que se ha criado viendo películas americanas Moneyball deja un sabor incierto. Quien haya visto Karate Kid, Rocky y sus secuelas, Fuga a la victoria (con Pelé compartiendo plano con Stallone), Seabiscuit, Hoosiers, y cualquiera de las películas que la factoría Disney ha hecho sobre el baloncesto o el fútbol americano, sabe que el protagonista será el vencedor. Si no, ¿qué interés tendría la historia? Desde este punto de vista, merece la trayectoria de Billy Beane una película? Por supuesto que no. En los años ochentas y noventas estas birguerías no tenían lugar. Las barras y estrellas prevalecían sin excepción. Para llevar esta historia al cine han tenido que socabar varios pilares de toda buena historia americana:

1.- Encumbrar a un perdedor. El personaje (y esta palabra la escribo adrede, no hablo de Billy Beane) que interpreta Brad Pitt aspira a ser un ganador. Tiene la audacia de desafiar el pensamiento convencional. El triunfo es el único objetivo, tal como él mismo señala cuando alcanzan su gran racha de victorias seguidas, o cuando su equipo cae eliminado en la primera temporada en que implantó el sistema estadístico nuevo. Pero en última instancia, cuando tiene la oportunidad de demostrar sus hipótesis en un campo grande, se echa para atrás. De repente pesan más los factores sentimentales: vivir en California cerca de la hija, tal vez serle fiel a un club, que más?… En este país despiadado sólo hay dos posibilidades: ser ganador o perdedor. El protagonista de esta película se queda en lo segundo.

2.- Desconfiar de los números. En la mitología de la historia amaericana abundan los ejemplos de desinterés por factores caducos y sentimentales: las rígidas y agobiantes tradiciones del viejo continente. En los últimos años la obsesión por otorgar un valor numérico a cualquier factor, por intangible que sea, ha alcanzado los ámbitos más extraños. Los periodistas valen el número de hits que tienen sus piezas. El buen trabajo de un profesor, el resultado de sus alumnos en un test estandarizado. El progreso en una guerra, el número de detenidos y aresenales encontrados. El destilado de la plétora de datos estadísticos del juego de un pelotero debería pronosticar la victoria con certeza. La realidad es que siempre habrá un componente imprevisible. La realidad es que los números por sí solos no bastan para triunfar; y esto se puede aplicar a cualquier frente de la vida.

3.- Elogiar a un jugador de equipo. No se puede olvidar que los grandes héroes de este país son personas que se han formado a sí mismas. En muchos casos personas con intuición especial que desconfían del conocimiento universitario y de aquellos conocimientos científicos que contradicen lo que dicta la entraña. El protagonista de Moneyball sabe que el sistema pierde aire por algún lado, pero no sabe donde. Para averiguarlo, acaba cometiendo la imprudencia de confiar en un experto en matemáticas y estadística, salido justamente de la ominosa élite de Harvard (comprobar).  Dentro de la realidad de la ficción, los Oakland Athletics entran en la historia de este juego por el trabajo de un dúo de profesionales, es decir de dos personas que se comunicaron, que aunaron esfuerzo y pensamiento por un objetivo común. En definitiva, un líder que se dejó influir. Se les ocurre algo más antiamericano que un líder que sigue las sugerencias de un tecnócrata?

Olvidemos por un momento los matices, para hacernos alguna pregunta no del todo retórica:

1. ¿nos encontramos ante una inaudita aceptación del segundo lugar? Conviene recordar que este proyecto tardó mucho en realizarse y que si llegó al plató fue por la perseverancia de una persona: Brad Pitt. Muchos profesionales desconfiaron de este proyecto.

2. ¿Se podría interpretar el éxito de Moneyball entre el gran público estadounidense como síntoma de un país en decadencia?

3. ¿Será nomás que el gran público tiene más madurez de la que le concede la parte más acomodada y pusilánime de la industria?

Sus sugerencias encontrarán buen acomodo en estas geografías invisibles.

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