Vuelven los esforzados corredores

Corredores en el Lake Front

Uno de los paisajes más entrañables de Chicago es el que se produce cada primavera, cuando el frío amaina y por los barrios empiezan a aflorar los corredores con sus zapatillas fluorescentes, sus prendas ajustadas, y sus ingeniosos gorros que intuyo llevaban en una gaveta desde que Santa Claus los trajo por navidad. Corredores que se desplazan sin rumbo para el ojo del automovilista estricto. Para un corredor, en cambio su movimiento siempre obedece a alguna razón. Dentro de su visión del mundo existe una ruta que comunica callejones con calles, calles con avenidas, avenidas con parques, parques con senderos que conducen los canales del río y del río al lago. Según la cosmovisión que el corredor lleva impresa, el mundo se divide en lugares en los que se puede y no se puede correr. Un corredor que pisa los jardines colgantes de Versalles, antes de apreciar el hito paisajístico, piensa en las lo propicio del lugar para hacer series de una milla.

Un amigo me contó que cuando empieza a perderle la fe a este mundo, traslada su cuerpo hasta el lago y lo deja reposar en un banco para ver pasar corredores. Los hay de todos los colores y formas, me dijo: hombres y mujeres, jóvenes y viejos, solitarios o en manada, con zancada de gacela o de bull-dog inglés, lectores voraces de Bolaño o devotos de Isabel Allende.

Tengo para mi que correr es el más generalista de los deportes. En todos los lugares, a todas las edades, en todos los siglos se ha corrido. Si hubiera un canal de televisión con su target audience, los anuncios se cobrarían a billón de dólares el segundo.

Recuerdo el tiempo en el que al deporte de correr se le llamó hacer footing. Quizá a causa de este dudoso término, ahora parece que en recesión, el correr suscitaba reacciones que iban desde la suspicacia hasta la abierta hostilidad. “¿Adonde vas, si ya estás flaco?” Escuchó el bueno de mi amigo alguna vez. “Si supieran lo que es trabajar”.

Yo mismo padecí esa enfermedad. Me avergüenza reconocerlo, pero alguna vez pronuncié el tristemente global “Corre Forrest corre.” Cabe aclarar que dentro del prejuicio había matices: si bien eso de correr era una frivolidad de señoritos, el defecto era excusable en los agraciados con evidente facilidad para la carrera. Eso sí, los corpulentos, los mayores, y no hablemos ya de las mujeres, esos, sí que no tendrían excusa ni perdón.

Incluso entre aquellos que lo admiten como pasatiempo, existen los que le niegan la categoría de deporte. No le ven la gracia a sudar sin gratificaciones, ni a participar en competiciones en las que saben de antemano que no ganarán. Para mí, en cambio, los que piensan así ignoran el mérito que tienen los corredores para los que no hay rival más duro que ellos mismos. Mantener con cincuenta años las mismas marcas que a los treinta requiere un tesón y un espíritu competitivo que sólo los iniciados aprecian. Además existen también corredores que no compiten contra una marca, sino contra otros demonios no menos temibles: la molicie, el aislamiento, un trabajo alienante, una novela que no se deja escribir.

Me gusta creer en la carrera es lo que mantiene a muchos en el espectro de la cordura, del mismo modo que el flujo de corredores que perfila el borde de lago Michigan, convierte su inmensidad en un espacio abordable, propicio, humano. Eso, y la agradable sensación de que todo encaja. El ciclo que se vuelve a cumplir: el hielo se derrite, los Cubs empiezan a prepararse para una temporada en la que otra vez no podrá ser, y los corredores regresan dispuestos a quemar la grasa traicionera y pertinaz del invierno, inconscientes del sutil espectáculo de su esfuerzo.

Fotografía: Flickr

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