Cuando el autobús deja de apetecer…

Con la tranquilizadora redada anunciada estos días, las autoridades parece que quieren poner coto a la práctica del viaje en autobús como deporte de riesgo. En los últimos tiempo varias compañías han hecho negocio con la modalidad low-cost de transporte de viajeros por carretera. Las pruebas parecen concluyentes: conductores sin permiso de conducción comercial, vehículos que no han pasado inspección alguna, falta de controles de alcoholemia, infringimiento de las normas de descanso. Ingredientes, sin duda, para una aventura de primera, como alguna que viví en tiempos más audaces.

Crucé una vez España y Francia en un autobús cargado de emigrantes españoles que iban rumbo a Suiza y Alemania. Uno de los dos conductores empezó con tal garbo que se la pasó desde Benavente hasta Burgos contando chistes para la parte delantera del autobús. Recuerdo las ciudades porque iba tomando nota de todo en una libretita. No me olvido del momento en que cruzamos unos Pirineos nevados viendo, como no, una de Cantinflas. Terminé el viaje convencido de que tenía material para ser el próximo Graham Green.

De todas las ciudades a las que viajo me gusta guardar los boletos. Algún amigo comparte conmigo esta afición e intercambiamos historias. Uno me contó que en la Isla Reunión los autobuses tenían asientos plegables en el pasillo. Pero lo que más le sorprendió no fue hacinamiento sino el sistema para pedir parada: dos palmadas. No una, ni tres. Dos. Ejecutadas además con una cadencia preestablecida. Lo de la cadencia, me explicó, lo supo porque en las paradas más concurridas era frecuente que las palmadas de dos pasajeros de diferentes partes del vehículo se solaparan en sincronización perfecta.

La primera vez que viajé a EE.UU. me impresionó ver que los autobuses urbanos tenían portabicicletas, y que nadie las robara en los semáforos en rojo. En Chicago, una vez, me confundí de línea y en vez de viajar al oeste, el autobús me llevó hacia el sur. Cuando me di cuenta ya estaba demasiado lejos para dar media vuelta, y pasé mis momentos de apuro. Eso me sucedió, claro, por falta de cultura: no había leído el genial relato Ladysmith de Gerardo Cárdenas, en el que a una joven pasa por algo parecido.

No viajé nunca en ningún “Chinatown bus”, ni creo que lo haga ya. Tal vez sea eso lo que más me entristece de la noticia. No que la garra del low cost haya llegado a los autobuses.  Lo peor es que al leer la noticia ni ganas he tenido de probar suerte en una de esas rutas. Ni aunque fuera a cambio de una buena historia.

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