Arrecife en Contratiempo

La siempre excelente Contratiempo ha publicado en su número de junio (página 5) esta reseña sobre de Arrecife, la última novela de mi dilecto Juan Villoro. El mayor mérito de la obra reside en su particular y matizada atmósfera. El estilo mantiene las reconocibles constantes vitales de la prosa de Villoro, pero en esta ocasión prevalece una envolvente sensación de dulce e inevitable decadencia. De todas sus obras, ésta es tal vez la más propensa a convertirse en película; de preferencia a manos de directores de sensibilidades afines: tal vez John Sayles, Icíar Bollaín, o el Carlos Cuarón de Children of Men.

Arrecife se asoma a una civilización indiferente a la barbarie que genera.

Juan Villoro sitúa su última novela en una ficticia y desolada zona costera de Yucatán con aguas contaminadas y un único hotel en pie. Un territorio de vanguardia en el que imperan los narcos y la opulencia convive con la pobreza extrema dándose la espalda.

Apenas iniciada la novela, el protagonista, Tony Góngora, se define a sí mismo de esta forma:”yo, ex músico de rock, había renegado de la contracultura, esa pomposa manera de convertir la rebeldía en un sistema de quejas más o menos rentable.” Los seguidores de Villoro, no pueden tardar en reconocerle sus mejores características: el humor incontenible, la mesurada calidad lingüística, el interés por personajes de escasa iniciativa a los que todo les sucede.

La prosa de Villoro, ya sea en ensayo, reportaje, crónica o columna periodística, mantiene unas inconfundibles señas de identidad. Esto no impide, de todos modos, que se puedan observar en Arrecife nuevos territorios. Narrador avezado, Villoro construye un notable espacio novelesco: una Riviera Maya apocalíptica, en la que la contaminación y el cambio climático han acabado con todos los complejos turísticos excepto con un exclusivo hotel, La Pirámide, que oferta turismo extremo que atrae a huéspedes de todo el mundo. Su programa de entretenimiento cuenta demoledoras sesiones de fitness, simulacros de secuestros exprés y sacrificios humanos, excursiones submarinas nocturnas culminadas con un desayuno yucateco. Un lugar ficticio, pero creado con elementos de una cercanía desconcertante con la realidad.

Lo mejor del caso, es que Villoro crea ese espacio ficticio para ver evolucionar a sus personajes. Explorar los límites del individualismo, el significado de la amistad, el valor de la familia, la vigencia de las señales de identidad, la lucha por salir adelante. No le interesa la adivinación visionaria, por mucho que tal como él mismo recordaba en una charla electrónica con lectores, su novela El testigo hubiera anticipado la reivindicación de los mártires cristeros. Tampoco deriva por la sátira, aunque no falte el humor. Ni siquiera importan ya esos desgastados conceptos que son el bien y el mal. Muchos de los personajes manipulan a los desprotegidos, abusan de su poder, utilizan la intimidación o abrazan la corrupción, pero Villoro no pierde ni una línea en condenarlos. Eso queda en manos de los críticos marxistas, que encontrarán aquí material de sobra al que sacar jugo. Con todo, lo que importa en ese espacio es simplemente es existir, aunque para sentirse vivo haya que ponerse al borde de un precipicio, abrazar los psicotrópicos, desbaratar una empresa o asociarse con personas a las que desprecia.

Se trata de una apuesta valiente, porque ofrece muy poco consuelo al que agarrarse. Cualquier triunfo será transitorio, relativo y nunca del todo legítimo. Los personajes se saben a merced de una fuerza superior que tiende irremediable hacia la degradación última, su único consuelo es saberse a flote, aunque su precaria estancia en la superficie se base en que otros muchos estén hundidos.

Merece comentario propio la presencia de personajes norteamericanos. Ocupan diferentes niveles profesionales: un accionista, una profesora de yoga, un buzo. Dos de ellos en situación migratoria irregular. Aunque sólo sea por lo extraño, refresca entrar en contacto con estas realidades y matices. Sirven además como coartada para un notable ejercicio estilístico inédito en Villoro. El español de toda la novela, está trufado de anglicismos solapados. “Te hablo con el corazón en la manga”. “Es mejor tener un récord claro”. “Un macho alfa”. “Cuando la mierda toca el ventilador”. Con tal sutileza Villoro crea un lenguaje idiosincrático que pone en boca tanto de anglófonos como de mexicanos. Este aroma de pésima traducción obedece a un artificio. La habilidad narrativa del autor permite que se llegue a tomar como genuino. Un recurso meritorio que índice de flexibilidad de Villoro.

De todas las novelas de Juan Villoro, tal vez sea esta la que tiene una estructura y un lenguaje más diáfano. Los puristas del storytelling le podrían criticar por vez primera una dependencia abusiva en la exposición, la renuncia a cincelar el carácter de los personajes únicamente a través de escenas, diálogos y acciones. Su estructura, podrían decir además, debe demasiado a la de una novela negra. Con todo, cuando se describe el efecto de la adicción a las drogas de un músico profesional con oraciones como “no sabía si había tocado en Puerto Vallarta o contemplado una camiseta que decía Puerto Vallarta”, resulta complicado no caer rendido ante la abrumadora combinación de perspicacia, lucidez e hilaridad de Arrecife. Las más de doscientas páginas de esta obra se dejan leer con tal facilidad que se corre el peligro de marginarla a la categoría de entretenimiento. Para los lectores atentos, pasar por el hotel La Pirámide les dejará huella.

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