Como Ninotchka ante el gorrito: Los cuernos de reno

Con esta entrada se estrena una serie inspirada en el logradísimo momento de la película de Lubitsch en el que Ninotchka observa un gorro en la vitrina de un hotel de París y halla que ese objeto sintetiza la esencia superficial y decadente de la sociedad capitalista. Con mejor onda que la camarada soviética, en esta serie entrarán bienes inmateriales o reales que en un primer momento nos suscitaron una reacción pareja de perpelijdad y recelo.

Los cuernos de reno.

No llevaba más de cuatro meses en este país cuando vi a una empleada de la cafetería de mi chamba portando este curioso accesorio capital. “Fries? Green Beans?” me dijo con su cansina cadencia de cada día. Yo, que solía pedirme papas fritas, hipnotizado por los cuernitos, apenas alcancé a balbucir: “Green beans…, please?“.


Jamás se me hubiera ocurrido que alguien pudiera acudir de esa guisa a su puesto de trabajo. El trabajo es cosa seria, no carnaval. Qué caso tenían los cuernitos? Tanto más cuanto todos los que pasaban por delante de sus bandejas pedían sus papas o sus frijoles sin comentar los cuernitos de ungulado.

Para quienes carecemos de inclinación natural hacia disfraces y derivados encontrarse con adultos que portan diademas, gorros, bufandas y similares, produce una desconfianza instintiva. No hablo ya de restaurantes temáticos en los que los empleados visten de exploradores, o cazadores africanos, o charros, y para pedir te humillan obligándote a pedir platos con nombres como “ziggy burger, mad greek o huevos locos”. Una vez fui a una consulta médica con una recepcionista vestida de vampiresa. No di media vuelta porque había tardado meses en conseguir esa cita. Mi primera tarjeta de crédito me la tramitó un joven banquero que llevaba (con orgullo?) el jersey del equipo de fútbol americano de la ciudad por encima de su camisa y corbata. A esas alturas, ni me importó.

Con el paso de los años ha dejado de sorprenderme que ocasiones como el día de San Patricio, Thanksgiving, o el Cinco de Mayo sirvan a los jóvenes de espíritu para mostrar sus true colors y dar vía libre a sus impulsos. Los cuernitos de reno, en diadema, gorrita, o adorno para carros, siempre me han parecido un síntoma del gusto americano por lo pueril y lo peliculero. De todos modos, con el paso de los años, he aprendido no sólo a aceptar sino también a piropear a estos apóstoles de la informalidad, con lo que sin habérmelo propuesto, he descubierto el raro embrujo de los halagos, a los que este sector de la población resulta terriblemente susceptible.

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