Como Ninotchka ante el gorrito: Los posavasos

Más por su omnipresencia que por su mera existencia, el posavasos no ceja de causarme perplejidad. La reciente polémica generada en Nueva York a causa de la prohibición de las bebidas azucaradas y cafeinadas de más de 16 onzas (casi medio litro) ha reavivado mi extraña relación con este accesorio que encuentra cobijo en insospechados lugares y aparatos.

Pistola automática

Las arremetidas del culture shock son inescrutables. Con diez años me aficioné a Los Simpson aún sin entender (de a poco lo voy descubriendo) ni la mitad de los chistes. Me viene ahora al recuerdo el capítulo en el que Homer diseña un carro para la empresa de su hermano. Con plena simpleza, una de las ideas totem de Homer consiste en que su vehículo tenga posavasos (eso y un claxon con la música de La Cucaracha). Tardé tantito en comprenderle el chiste. Eso sí, lleva carga de profundidad. Ahora no se me va de la cabeza. Ahí están los vasos superlativos que te dan en las cadenas de comida rápida o los cines y que (no vaya a ser) se pueden rellenar a voluntad. O las permanentes hileras de coches en las ventanillas drive through de los Starbucks o Dunkin Donuts. O los carros de lujo importados con sus posavasos adaptado al gusto local. Como si el placer de manejar un BMW hubiera que sublimarlo con medio galón de Gatorade Cool Blue.

Pienso y no hallo qué fue primero, si el vaso de chupetar o su fiel soporte. Si se fijan, pocos aparatos hay sobre ruedas que se permitan el lujo de prescindir de ellos: carros, bicicletas, motos, andadores para ancianos. En todos hay un acomodo para un recipiente de un galón. A un vehículo tan esencialmente americano como el tractorcito de jardín, obviamente tampoco le podría faltar su cubo para posar a resguardo de vertidos  el vasazo de té frío, cerveza, Gatorade, Red Bull o Monster Drink y derivados.

¿Será que este soporte en su generosa diseminación ha dado alas a los fabricantes de bebidas? O ¿será, por el contrario, el creciente tamaño de los contendores de líquidos lo que ha propiciado que el fiel y versátil posavasos haya tenido que buscar acomodo entre tapicerías y listones metálicos?

En cualquier caso el fenómeno cruza todos los estratos sociales. Banqueros, obreros, estudiantes, agentes de seguros, amos de casa, babysitters, consultores independientes de productos cosméticos. Todos dependen del posavasos para no perder esos fluidos de los que depende su bienestar. Hasta tal punto que en cualquier momento del día, en cualquier lugar lo normal es tener a mano algo que sorver. Bien que desde el mundo de la mercadotecnia se han ocupado de dotar de glamour a esta compulsiva conducta. Ahí esta, por ejemplo, Nancy Botwin, modelo de soccer mom con vida trepidante.

Nancy Botwin

La cuasicompulsiva necesidad de hidratarse ha penetrado peligrosamente esferas insospechadas. Objetos sedentarios como colchones de aire, mesas de juego, incluso los sofás le han creado un espacio preferente a los vasos. Quedará algún lugar que quede a salvo de la marea? Tengo para mi, que el círculo se cerrará cuando todos los soportes de papel higiénico traigan un cómodo posavasos integrado. Con perdón.

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