Identidad, esa escurridiza palabra

A veces se dan las circunstancias para que pueda ir a un café americano, abrir la computadora sin prisas ni urgencias. Con el dulce calor de mi latte en una mano, la otra mano puede llevarme sin prisas a aquellas buenas lecturas y reflexiones que con demasiada frecuencia me eluden más por falta de serenidad que de tiempo.

Ha querido la ventura llevarme a un sensato artículo de Brenda Hernández en Contratiempo de título elocuente: “Sin nopal en la frente, por favor“. A través del estatus bastardo del taco de salchicha la autora ataca la noción de autenticidad. Según ella, la comunidad latina todavía no ha alcanzado la madurez de desprenderse de su carga de representación. Así con respecto a curadores y educadores, indica: “El arte mexicano no se limita al arte popular o a la estética del Día de Muertos, pero parece que eso es todo lo que se enseña a los jóvenes y es lo que hemos llegado a esperar e idealizar sobre nuestra cultura.” Pesada cruz, sin duda, el tener que representar toda una cultura en cada línea, en cada pincelada. Una reivindicación a todas luces vigente, aunque abundan los ejemplos de denuncia es esa misma línea. Juan Villoro, por ejemplo, en su novela de finales de los noventas Materia dispuesta crea una compañía de teatro mexicana que obliga a sus actores a broncearse en un solarium para cumplir las expectativas de público y programadores en una gira europea.

Nopales for lunch

De todos modos, no hace falta recurrir a la ficción para hallar hartos ejemplos de la grosera brusquedad de ciertos –llamémosle– actores sociales.  La industria del marketing y la publicidad, especializada precisamente en la alquimia de elaborar un mensaje para cada público es culpable de innumerables atrocidades que la periodista Laura Martínez no cesa de inventariar en su inefable blog Mi casa es su casa. Aunque la verdad, lo más apetecible del blog sale de sus mordaces comentarios, como por ejemplo el que dedicó a la visita de Romney a Univision: “The funniest thing to this blogger is how -with or without a tan- Mr. Romney would have been the darkest of the three people onstage“.

Siguiendo la senda del comentario de Brenda Hernández, el azar de consultar mi cuenta de twitter en el momento justo me llevó a un comentario de Gerardo Cárdenas sobre la antología América Nuestra, en el que reivindica el valor de la literatura creada en español en los Estados Unidos a causa, entre otras cosas, de su inherente facultad de trascender fronteras, orígenes y generaciones. La transgresión como rasgo distintivo.

Con el latte ya tibio, me reconozco en esas preocupaciones, pero concluyo que son exteriores a la obra. Afectan, entre otras cosas, al prestigio académico y periodístico que alcancen, a su difusión o a la cuenta corriente del autor. Pero en último caso no afecta a la calidad de la obra. Respetar en mayor o menor grado una tradición, un género o un autor no tiene una equivalencia directa con la calidad de la obra. Haber escrito estas reflexiones en verso rimado, no las hubiera convertido en poesía. Tampoco hubiera mejorado cuanta pertinencia y acierto hubieran tenido. De todos modos, comprendo la preocupación, porque cuando uno se encuentra con una obra que le emociona, conmueve o sorprende espera que el resto de la humanidad tenga la misma reacción. Y es una decepción imborrable que así sea. Daré un ejemplo personal. El relato de Junot Díaz Fiesta, 1980 me parece un prodigio en cuanto a creación de una voz personal y caracterización de las complejas relaciones familiares desde la perspectiva de un chamaquito dominicano. A un nivel similar, pongo Esto no es un juego, zurdito, un abigarrado relato ubicado en Chicago con un escenario del fútbol aficionado en el que entran la avaricia y las relaciones de poder. Ambas obras contienen un humor de pegada fuerte y una estructura cuya complejidad no evita una lectura amena. En las dos existe un discurso sobre la identidad, y entre los factores que las hacen valiosas figura precisamente que ese discurso explora terrenos nuevos, con formas narrativas originales. Pese a eso, un autor ha publicado en The New Yorker y el otro lo suele hacer en la revista gratuita Contratiempo.  No puede esto obedecer únicamente a una cuestión de calidad literaria. Dependerá de qué o cuánta identidad contengan sus obras? Supongo que a fin de cuentas, lo importante es que cada uno cree sus propios cánones, en el arte y en la vida.

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