5 razones por las que aborrezco San Valentín en la conurbanización.

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Apenas superada la resaca de los festejos anteriores, se cierne sobre nosotros ya el ominoso día de San Valentín. De todas las fechas señaladas, esta tal vez me parezca la más ominosa por la descarada vocación capitalista y por la slippery slope a la que arrojan a los conurbanitas desprevenidos.

1. Su propaganda groseramente engañosa. Para mi, el día de San Valentín supone algo semejante a tener un peladito: a pesar de todas las proclamas pagandísticas, en realidad, no van a arreglar ninguno de los problemas que puedan existir. Al contrario. Los sublimarán. Para los codos, su racanería quedará expuesta de forma palmaria. Los duros de sensabilidad poética, malamente podrán ocultarla en rosas, bombones y restaurantes caros.

2. El aberrante valor estético de su parafernalia. Vamos a ver, por qué la representación del amor ha de ser roja y con chorradicas brillantes. No sorprende que se la asocie con el corazón, pero…hace falta que pasteles, cajitas, tarjetas, aretes, y demás abalorios recién importados de China tengan que tener esa forma? 

3. El directo ataque al hígado. Porque el que de verdad trabaja el día de San Valentín es el hígado. A empezar por los dulces que todo mundo se siente con derecho a repartir por doquier. También los chocolates, con y sin licor, con y sin cereza dentro. A seguir por los aromas y aderezos que nombrados en honor a la efeméride destacan por su plus en calorías. A seguir por la cena de tres platos, con vino espumoso. Un cruel boot camp hepático que amerita mayor atención. Cuando menos, eso sí, cumplir en la alcoba al final del día sí que se puede entender como una demostración de amor.

4. Los efectos nocivos sobre la infanciaUna fecha sobre un sentimiento que no comprenden, que crea la expectativa de que siempre tendrán algún tipo de recompensa (se hayan cepillado los dientes o no). El derroche en tarjetas y obsequios variados en total contradicción con el férreo proselitismo ecologista al que les sometemos. Una espiral de confusión y malvavisco de la que en el mejor de los casos la arcada no cumpla su curso natural.

5. La prefabricación del afecto. Vivimos en casitas de puertas a juego con el calor de la ventana. Leemos los libros que recomiendan Oprah o Ira Glass. Vestimos ropa de The Gap, o Banana Republic y nos creemos los más modernos. Dejemos que al menos, al amor lugar para su expresión personal y espontánea. Acaso no hemos aprendido nada de Richard Linklater?

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