Trash

A veces me llegan recomendaciones amistosas de un tiempo de mayor holgura temporal. Son escasas, y tal vez eso haga que lleguen con las reservas de minutos, atención y energía que permitan considerarlas.

Así que me fue posible de ver Trash y permitirme el lujo de creerme que comprendo portugués. Seré sincero e injusto: no me gustó. Al menos como obra de arte. Me pareció una película con una estética y un discurso moral gastados que ni me abrieron horizontes, ni me hicieron repensar mis prejuicios. Soy injusto, de todos modos, porque escribo esto desde la ventaja de teclear con el latte caliente en la mano. También, porque probablemente le esté arrojando a esta obra unas aspiraciones que sus creadores nunca sostuvieron. Esto es entretenimiento.

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Fotografía: Ministério da Cultura (a través de Wikimedia Commons)

Aceptado este punto, con todo, me detengo en admirar la curiosa corriente por la que nos conducen los arroyos de la globalización. Un director inglés (Stephen Daldry), dirige una película en la que se habla sobre todo en portugués, con actores televisivos brasileños (Wagner Moura y Selton Mello) y en la que dos actores del mainstream de Hollywood (Rooney Mara y Martin Sheen) apenas alcanzan a secundarios. Está rodada en Brasil, y destinada, supongo, al público americano, que suele ser el que más paga.

Seamos positivos: tiene que resultar alentador que a estas alturas no tengan que venir Bruce Willis o Sylvester Stallone a salvarnos del hambre en el mundo. Al menos, para que el entretenimiento se considere apto para el consumo universal. Asestados los palos, reconozco que lo genérico no ahoga el buenhacer artístico: la cinematografía es sólida, las escenas de acción contagian energía y, sobre todo, los cuatro chavitos ofrecen unas interpretaciones que desparraman talento. Hasta el punto de que me recuerda algo que le leí alguna vez a Fernando Trueba: que la obras maestras ocurren merced a algún componente azaroso y, por ende, inexplicable. Dejémosle la soga un poco floja a Trash.

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